Desde que era un niño que sabía que era autosuficiente y que necesitaba espacio, mucho espacio, más espacio del que necesitaban los demás niños. Esquivaba los parques y rehuía las manos de padres y familiares. Nunca tuvo amigos.
Un día, por esas cosas que pasan, cogió su mochila y se largó.
Se fue lejos sin importar adónde y, lo más importante, sin mirar atrás.
Llegó más o menos sin querer al que sería su puerto de embarque sin retorno un año más tarde. Trabajó en los cafés del puerto, durmiendo en la playa, en el hostal o incluso en casa de los que eran sus jefes. No le importaba, básicamente porque nadie le hacía demasiadas preguntas.
Pero no era feliz.
No lo fue hasta que se hizo con su barco Valiente y se convirtió en su propio dueño, en un navegante solitario sin puerto. Vivía sin calendario y él era su reloj, sin segundos, alargando las horas. Dormía de día y viajaba de noche, se hizo amigo del viento y de su timón. Soñaba a menudo que era una gaviota y que volaba, y le encantaba esa sensación, sentirse libre.
Y puedes creerme cuando te digo que era feliz.
Puedes creerme porque él volvió para contarte que podía volar.
Puedes creerme cuando te digo que él era... es... soy...
créeme si quieres cuando te digo que te he echado mucho de menos.
dimecres, 2 de maig del 2012
dimarts, 1 de maig del 2012
Estúpidament feliç.
Aunque ya hace tiempo que comento en blogs de blogger no puedo evitar esa sonrisa tonta al tener que "demostrar que no soy un robot".
Parece estúpido, pero ESO es magia.
(Lo estúpido es haber rechazado ir a la biblioteca a estudiar y quedarme en casa aun sabiendo que acabaría en el ordenador. Grrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr... ¡Mierda de autocontrol!)
Parece estúpido, pero ESO es magia.
(Lo estúpido es haber rechazado ir a la biblioteca a estudiar y quedarme en casa aun sabiendo que acabaría en el ordenador. Grrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr... ¡Mierda de autocontrol!)
dissabte, 28 d’abril del 2012
Universos Infinitos y sus infinitas explicaciones.
El frío polar calaba mis huesos y, aunque aquel día no me había olvidado las llaves en casa, no iba a entrar todavía. Había ajustado la puerta para que Nimán entrara en casa cuando quisiera entrar en calor, pero por el momento permanecía tranquilo en mi regazo. Acerqué una manta y me la puse sobre los hombros, los guantes gruesos reducían mi sensibilidad pero aun y así intentaba pasar las páginas de ese libro que me sabía de memoria, aquel que escribieron para mí hacía ya mucho tiempo.
La escritora era una chica especial, sin duda alguna. Morena, con el pelo que apenas le rozaba los hombros, escondida tras unas gafas de pasta de época. Demasiado tímida. El viento descubría sus tobillos cuando hacía bailar su falda, su bolsa de mano escondía sus secretos, esos que yo iba a descubrir con un poco de tiempo y confianza.
Al lado izquierdo de mi balancín descansaban, en el suelo, aquellos otros libros que seguían al que tenía entre las manos. Aquellos que clasificaban mis estudios particulares, en los que había trabajado gran parte de mi vida, para poder entender ese único ejemplar: Universos Infinitos.
En él, un chico (que incluso había llegado a interpretar que podía ser yo) se perdía en montones de universos paralelos, en noches fugaces y días extraños. Pero había un mensaje entre líneas que me era imposible descifrar.
Yo había conseguido tomar fotos de rincones de diversos universos, del cielo, de los animales y de los árboles, pero no había encontrado nada a lo que agarrarme para poder entender el qué de esos universos. ¿Por qué Infinitos? ¿Es que existe el infinito? ¿Qué rayos querría ella?
Ella, tan fugaz como era. Entró en mi vida y del mismo modo se fue, dejando ese libro entre mis cosas y un montón de dudas en mi cabeza. No sé qué diablos querría ella que hiciese con su novela, pero si su intención era inquietarme, lo había conseguido con creces.
Nadie, nunca nadie. Nadie excepto ella había conseguido mandarme al espacio sin billete de vuelta y devolverme a la tierra con un chasquido de dedos.
Con un rozar de sus palabras.
Con un ir y venir en mis recuerdos, su perfume suave.
Con un maullido de Nimán, que me avisaba que había llegado la primavera y que, para colmo, se me había vuelto a enfriar el té.
La escritora era una chica especial, sin duda alguna. Morena, con el pelo que apenas le rozaba los hombros, escondida tras unas gafas de pasta de época. Demasiado tímida. El viento descubría sus tobillos cuando hacía bailar su falda, su bolsa de mano escondía sus secretos, esos que yo iba a descubrir con un poco de tiempo y confianza.
Al lado izquierdo de mi balancín descansaban, en el suelo, aquellos otros libros que seguían al que tenía entre las manos. Aquellos que clasificaban mis estudios particulares, en los que había trabajado gran parte de mi vida, para poder entender ese único ejemplar: Universos Infinitos.
En él, un chico (que incluso había llegado a interpretar que podía ser yo) se perdía en montones de universos paralelos, en noches fugaces y días extraños. Pero había un mensaje entre líneas que me era imposible descifrar.
Yo había conseguido tomar fotos de rincones de diversos universos, del cielo, de los animales y de los árboles, pero no había encontrado nada a lo que agarrarme para poder entender el qué de esos universos. ¿Por qué Infinitos? ¿Es que existe el infinito? ¿Qué rayos querría ella?
Ella, tan fugaz como era. Entró en mi vida y del mismo modo se fue, dejando ese libro entre mis cosas y un montón de dudas en mi cabeza. No sé qué diablos querría ella que hiciese con su novela, pero si su intención era inquietarme, lo había conseguido con creces.
Nadie, nunca nadie. Nadie excepto ella había conseguido mandarme al espacio sin billete de vuelta y devolverme a la tierra con un chasquido de dedos.
Con un rozar de sus palabras.
Con un ir y venir en mis recuerdos, su perfume suave.
Con un maullido de Nimán, que me avisaba que había llegado la primavera y que, para colmo, se me había vuelto a enfriar el té.
dimarts, 24 d’abril del 2012
Tenemos todo el cielo para empezar de cero.
Habíamos empezado con mal pie. Cosas que suelen suceder cuando nos dejamos llevar por las primeras impresiones. El caso es que me pareció una chica horrible, egoísta y engreída. Como se nota que no sabíamos lo que nos esperaba.
El mundo estaba en sus últimas. Gritaba y luchaba contra si mismo buscando el botón de autodestrucción, agitándose aquí y allá, para que los hombres simplemente se quedaran maravillados haciendo fotos. Entonces un tsunami les parecía motivo de reportaje fotográfico.
Estúpidos.
Marta me llamó porque había oído hablar de mis investigaciones. Aunque debo decir que por aquellos tiempos todos conocían mis investigaciones.
Empecé escribiendo en el periódico de mi universidad, acaparando día a día más páginas. Creando mi propio periódico informativo en internet. Blogs, páginas web. La voz corría como la pólvora y mis estudios sobre el final de la Tierra así como la conocíamos estaban en boca de todos. Pero, por lástima, en cabeza de pocos. Nadie creía en mí, pensaban que me había dejado llevar por las predicciones inútiles de los mayas, que por lo visto tenían mucho tiempo libre y buena hierba para fumar.
Pero estaban equivocados. Y Marta supo reconocer el error de todos ellos.
Yo también sabía quién era ella. Eran otros tiempos, los científicos estábamos más unidos que nunca y las conferencias se sucedían una tras otra en los congresos cada vez más habituales. La gente seguía embobada y preocupada por la mierda de crisis, pero poco querían escuchar sobre el que sería el fin de sus días. Lo que os iba diciendo, Marta también llevaba a cabo una investigación que cruzaba en muchos puntos la mía, así que decidió ver mis cartas y si nos apeteciera, supongo que trabajaríamos juntas.
Y allí estaba ella, con sus mallas negras que le marcaban todo el culo, su camiseta corta de marca, sus pendientes horribles y su peinado de Rotenmeyer. Pero lo que más odié a simple vista fue sin duda su acento tirando a británico forzadísimo debido, según decía, a sus años de estudio en el extranjero. ¿De verás ella creía que yo no había salido de España? Como si los estudios allí sirviesen para algo. Venga, por favor. Pero era nuestro primer día y todavía no tenía ganas de darle caña.
Discutimos mucho dentro del margen del respeto, y decidimos empezar a contrastar hipótesis, datos. El final de todo estaba cada vez más cerca, pero teníamos un plan B. Lástima que en ese plan sólo entráramos nosotras dos, pues supongo que algún millonetis nos hubiera hecho de oro por un solo pasaje en nuestro cohete. Pero, ¿qué coño iba a saber él de sobrevivir en el espacio?
Por suerte estuvimos a tiempo y pudimos ver lo hermosa que fue la (casi) extinción de la raza humana desde lejos. Cuánto bien había hecho el mundo consigo mismo, antes de que destrozaran también la Luna o Marte, quién sabe.
Salvé mi guitarra y mis cuatro trapos y fumándome el que deseaba que no fuera el último canuto de mi vida, le canté a mi asquerosa acompañante embarazada y con intenciones de fecundarme si encontrásemos refugio:
-Adiós a aquellas nubes grises que tapaban al Sol y estaba triste.
Adéu, no lo echaré de menos. Hemos quitado todo ese veneno.
Y ahora sí, tenemos todo el cielo para empezar de cero.
Rompiendo las tormentas y relámpagos que siempre caen tan cerca de aquí(...)
El mundo estaba en sus últimas. Gritaba y luchaba contra si mismo buscando el botón de autodestrucción, agitándose aquí y allá, para que los hombres simplemente se quedaran maravillados haciendo fotos. Entonces un tsunami les parecía motivo de reportaje fotográfico.
Estúpidos.
Marta me llamó porque había oído hablar de mis investigaciones. Aunque debo decir que por aquellos tiempos todos conocían mis investigaciones.
Empecé escribiendo en el periódico de mi universidad, acaparando día a día más páginas. Creando mi propio periódico informativo en internet. Blogs, páginas web. La voz corría como la pólvora y mis estudios sobre el final de la Tierra así como la conocíamos estaban en boca de todos. Pero, por lástima, en cabeza de pocos. Nadie creía en mí, pensaban que me había dejado llevar por las predicciones inútiles de los mayas, que por lo visto tenían mucho tiempo libre y buena hierba para fumar.
Pero estaban equivocados. Y Marta supo reconocer el error de todos ellos.
Yo también sabía quién era ella. Eran otros tiempos, los científicos estábamos más unidos que nunca y las conferencias se sucedían una tras otra en los congresos cada vez más habituales. La gente seguía embobada y preocupada por la mierda de crisis, pero poco querían escuchar sobre el que sería el fin de sus días. Lo que os iba diciendo, Marta también llevaba a cabo una investigación que cruzaba en muchos puntos la mía, así que decidió ver mis cartas y si nos apeteciera, supongo que trabajaríamos juntas.
Y allí estaba ella, con sus mallas negras que le marcaban todo el culo, su camiseta corta de marca, sus pendientes horribles y su peinado de Rotenmeyer. Pero lo que más odié a simple vista fue sin duda su acento tirando a británico forzadísimo debido, según decía, a sus años de estudio en el extranjero. ¿De verás ella creía que yo no había salido de España? Como si los estudios allí sirviesen para algo. Venga, por favor. Pero era nuestro primer día y todavía no tenía ganas de darle caña.
Discutimos mucho dentro del margen del respeto, y decidimos empezar a contrastar hipótesis, datos. El final de todo estaba cada vez más cerca, pero teníamos un plan B. Lástima que en ese plan sólo entráramos nosotras dos, pues supongo que algún millonetis nos hubiera hecho de oro por un solo pasaje en nuestro cohete. Pero, ¿qué coño iba a saber él de sobrevivir en el espacio?
Por suerte estuvimos a tiempo y pudimos ver lo hermosa que fue la (casi) extinción de la raza humana desde lejos. Cuánto bien había hecho el mundo consigo mismo, antes de que destrozaran también la Luna o Marte, quién sabe.
Salvé mi guitarra y mis cuatro trapos y fumándome el que deseaba que no fuera el último canuto de mi vida, le canté a mi asquerosa acompañante embarazada y con intenciones de fecundarme si encontrásemos refugio:
-Adiós a aquellas nubes grises que tapaban al Sol y estaba triste.
Adéu, no lo echaré de menos. Hemos quitado todo ese veneno.
Y ahora sí, tenemos todo el cielo para empezar de cero.
Rompiendo las tormentas y relámpagos que siempre caen tan cerca de aquí(...)
diumenge, 22 d’abril del 2012
Quién bien busca, encuentra.
Me he puesto la camiseta que tanto te gusta, la azul a rayas negras, y mis calzoncillos de la suerte. Me he entretenido atándome al cuello los collares de conchas que compramos en la playa y escogiendo con cuidado mis mejores vaqueros. La verdad es que no ha sido una decisión fácil, pues los únicos que no están rotos estaban sucios y hoy no quería pelearme con la lavadora. También he vuelto a ponerme el pendiente en la oreja, ese que tenemos igual, y una vez perfumado me he sentado aquí, delante del ordenador.
Mañana es Sant Jordi y yo ya no sé qué regalarte.
Había pensado en darte un libro de cualquier librería, uno bonito, curioso, que te hiciera pensar, pero luego he caído en que a ti no te gusta demasiado leer, además estás muy ocupada con tus quehaceres diarios.
Luego me he acordado de mi apuesta de lunático escritor del año pasado, esa en la que te retaba a escribir, y para que pudieras hacerlo, te regalé un libro en blanco. Y no funcionó porque... en blanco sigue.
Tienes además la novela que escribí hace unos meses y que no te has leído, esa misma que sigue cogiendo polvo en tu estantería.
También había pensado en recoger algunos de mis microrrelatos y entregártelos a modo de librito de lectura diaria y constante, para que pudieras descubrirme un poco más e interesarte por mis historietas de tres al cuarto.
Pero nada de esto me ha convencido.
Hoy, víspera de Sant Jordi, me he sentado frente al ordenador con mis mejores galas y tu perfume cerca para escribirte el poema más bonito que te pudieran regalar.
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