Nadie me había dicho que podría estremecerme así. Que una sonrisa, una mirada, un olor, un pestañeo, una canción... me pudiera hacer sentir como me hacen sentir a veces.
Como cuando el pelo se escapa de mi moño mal hecho en clase y me cosquillea el cuello de tal forma que no puedo evitar eso, estremecerme.
Pero hoy, creo, ha sido el súmmum del estremecimiento. Hoy he ido a un observatorio. Entre tanta explicación científico-técnica, entre tantos planisferios, tantos planetas a escala, galáxias en dibujos, vidas en fotos, intentos fallidos e intentos arriesgados en vídeo, materiales inertes venidos de quién-sabe-dónde... he visto la vida. He comprendido que somos un pálido punto azul perdido de la mano de Dios en un universo inmenso sin principio ni fin. Que todas las pequeñeces que se nos hacen grandes en el día a día no son nada comparado con la pequeñez de nuestro punto de luz. Todas las desgracias, los desplantes, las preocupaciones y cavilaciones, no sirven de nada si no somos capaces de cuidar el único planeta que, por el momento, podemos habitar.
Quizás creas que esto es inútil, que cada cual ha de limitarse a vivir, sentir y preocuparse por aquello que le importa, pero qué nos va a importar cuando ya no estemos(¿?).