divendres, 26 d’abril del 2013

El pàl·lid punt blau.

Nadie me había dicho que podría estremecerme así. Que una sonrisa, una mirada, un olor, un pestañeo, una canción... me pudiera hacer sentir como me hacen sentir a veces.

Como cuando el pelo se escapa de mi moño mal hecho en clase y me cosquillea el cuello de tal forma que no puedo evitar eso, estremecerme.

Pero hoy, creo, ha sido el súmmum del estremecimiento. Hoy he ido a un observatorio. Entre tanta explicación científico-técnica, entre tantos planisferios, tantos planetas a escala, galáxias en dibujos, vidas en fotos, intentos fallidos e intentos arriesgados en vídeo, materiales inertes venidos de quién-sabe-dónde... he visto la vida. He comprendido que somos un pálido punto azul perdido de la mano de Dios en un universo inmenso sin principio ni fin. Que todas las pequeñeces que se nos hacen grandes en el día a día no son nada comparado con la pequeñez de nuestro punto de luz. Todas las desgracias, los desplantes, las preocupaciones y cavilaciones, no sirven de nada si no somos capaces de cuidar el único planeta que, por el momento, podemos habitar. 

Quizás creas que esto es inútil, que cada cual ha de limitarse a vivir, sentir y preocuparse por aquello que le importa, pero qué nos va a importar cuando ya no estemos(¿?). 

dimecres, 10 d’abril del 2013

Llamarle Luz porque es su nombre.

Si tenía ganas de escribir era porque le pasaba algo.
Si lo hacía en catalán ese algo le preocupaba. Demasiado.

Luz había vivido en la oscuridad durante mucho tiempo y su propia naturaleza estaba empezando a degenerar. Sus sonrisas se volvieron muecas. Sus abrazos, simples movimientos sin sentido ni calor, sin ningún tipo de sentimiento. Absolutamente todos los que estaban a su alrededor lo sabían, y ni siquiera preguntaban nada. Un simple camarero le sirvió su "última copa" e hizo también función de pañuelo de lágrimas, sin haber lágrima ninguna.

Esa noche se lo llevó a casa. Lo desnudó como no había desnudado a nadie. Con sus uñas, con sus dientes. Pero no con su alma. Él se sentía apabullado, pero intuía que no debía (aunque tampoco quería) pararla. Le susurraba al oído palabras inaudibles que a él le erizaban la piel. Sin darse cuenta le estaba llamando por un nombre que quizás nunca debiera recordar. 
Y sin querer queriéndolo y después de arrancar de esa camisa negra de camarero todos sus botones, se abalanzó como una loca sobre él. Como una loca pero sin el "como". 

Luz no necesitaba ningún informe médico, psicológico o psiquiátrico para saber que estaba loca.

Mientras él se fumaba un cigarrillo, Luz se sentó desnuda en una esquina de la habitación, tomó su cuaderno, y tras hacerle un par de fotos al espectáculo se puso a escribir. En catalán.