dijous, 23 de maig del 2013
dissabte, 18 de maig del 2013
En mi oscuridad.
Nunca un oso polar dio unos abrazos tan cálidos.
Tenía unas zarpas que envolvían mi suave y blanco cuerpo, formábamos uno con solo mirarnos. Me enseñó a bailar sobre el hielo sin caerme, a deslizarme con las palabras por todo su pelaje inmenso. Supe que nunca iba a encontrar un hocico como el suyo, un corazón milenario que reposase tan bellamente entre la nieve de mi pelo.
Su paisaje y mi equipaje se fundían en el horizonte. Él no tenía nada que perder. Yo no tenía nada.
Más de doscientas mil noches su pecho me sirvió de cojín y de manta a partes iguales. Me elevó hasta los cinco cielos, me invitó a ver millones de auroras boreales.
Un oso polar nacía y crecía dentro de mí. La única salvación quedaba resignada entre bajo vientre y laringe. Ni un orificio disponible para hacerlo salir, nada podía hacer yo para entrar. Vivir sabiendo que de quiénes intentas huir tienen que convivir con él no es fácil. La lucha entre esos malditos lobos y mi suave oso blanco y negro no me dejaba dormir. No me dejaba comer. No me dejaba dejar de comerme por dentro hasta quedar reducida a polvo que nadie quiere barrer. Una lucha interminable, insaciable sed de lobos con poderíos y recuerdos de quién fui una vez. De lo que hice una vez.
Solo una esperanza suave y tranquila, solo el despertar y el renacer. Huir ahí adentro y poner un poco de orden, mientras fuera la vida alcanza límites insospechados nunca por nadie, nunca por nada.
Tenía unas zarpas que envolvían mi suave y blanco cuerpo, formábamos uno con solo mirarnos. Me enseñó a bailar sobre el hielo sin caerme, a deslizarme con las palabras por todo su pelaje inmenso. Supe que nunca iba a encontrar un hocico como el suyo, un corazón milenario que reposase tan bellamente entre la nieve de mi pelo.
Su paisaje y mi equipaje se fundían en el horizonte. Él no tenía nada que perder. Yo no tenía nada.
Más de doscientas mil noches su pecho me sirvió de cojín y de manta a partes iguales. Me elevó hasta los cinco cielos, me invitó a ver millones de auroras boreales.
Un oso polar nacía y crecía dentro de mí. La única salvación quedaba resignada entre bajo vientre y laringe. Ni un orificio disponible para hacerlo salir, nada podía hacer yo para entrar. Vivir sabiendo que de quiénes intentas huir tienen que convivir con él no es fácil. La lucha entre esos malditos lobos y mi suave oso blanco y negro no me dejaba dormir. No me dejaba comer. No me dejaba dejar de comerme por dentro hasta quedar reducida a polvo que nadie quiere barrer. Una lucha interminable, insaciable sed de lobos con poderíos y recuerdos de quién fui una vez. De lo que hice una vez.
Solo una esperanza suave y tranquila, solo el despertar y el renacer. Huir ahí adentro y poner un poco de orden, mientras fuera la vida alcanza límites insospechados nunca por nadie, nunca por nada.
dimarts, 14 de maig del 2013
Dan y Sara. Infinitamente Dan y Sara.
No es que tenga miedo, es que creo que no puede haber nadie mejor que vosotros.
Los conocéis a todos: Jannil Rock, los hermanos japoneses, la maestra de la montaña e incluso el Interrail que a veces me viene en mente. Pero luego os recuerdo a vosotros y... ¡vaya pareja de dos! Es como si hubierais acaparado todo mi ser, mis recuerdos y mis ideas. Como si ya nunca nada pudiese ser tan perfecto como lo fuisteis (y sois) vosotros.
Así es como una se siente dominada por sus personajes y se da cuenta de que no son personajes. Son personas que viven dentro de mí y que luchan por mí y conmigo en todo momento. Y aunque otro personaje intente abrirse camino, siempre queda esa mirada de satisfacción y pena en mi subconsciente que me dice "adelante, ¡tú puedes!" y a la vez me recuerda que como vosotros no habrá nadie...
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