-Odias a tu familia, pero hay una persona de ese círculo a quién no podrías odiar jamás, porque estás profundamente enamorado de ella. -Suspiro, pensando en las tardes de mis años como teenager tirado en la cama, sin querer estudiar, ni llegar a casa a las ocho, como mi padre se empeñaba en hacerme llegar. -Esa persona a la que quieres nunca ha estado tan lejos de ti, y hay algo en tu interior que de tanto buscarla se pierde en otras personas sin rostro y sin nombre. -He conocido millones de chicas que me han prometido amor eterno, y simplemente me la he pasado jugando con ellas y queriéndolas de verdad durante poco más de lo que dura un ciclo lunar. Unas de aquí y otras de allá, tan diferentes y tan parecidas... supongo que ninguna me importó nunca demasiado. Pero... ¿Cómo se llamaba ella? ¿Laura... Irene? Soñaba con ella todas las noches durante el primer ciclo de educación primaria. Fue la primera chica que me cogió la mano sin miedo, me miró a los ojos y me dijo que íbamos a estar juntos para siempre. - No, fue mucho antes de todo eso, antes de que tuvieras conciencia alguna, y lo que vivisteis juntos es lo que te ha traído hoy aquí. -... ¿qué? -Alguien de tu familia, te lo dije antes... Cabellos largos, bien peinados, niña bien, sueños invisibles - ansias conmovedoras, dedos finos y largos, apariencia cuerda, alma despeinada. - Es ella. - Mi prima.
Me espero en la misma posición, cabeza arriba, cinco minutos que el reloj convierte en treinta cuando James me pide que me incorpore.
-¿Quieres hablar? -Siempre te empeñas en hablar, aun sabiendo todo lo que me pasa por la cabeza... a cada momento.
-Sí, claro. ¿Por qué no?
-...
-Es la hija del hermano de mi padre. Cabellos largos, bien peinados, niña bien, sueños invisibles, y todo lo que supones. Nos encontrábamos los sábados por la tarde en casa de los abuelos, mientras los mayores jugaban a cartas y nosotros comíamos pan con manteca de cacao. A veces se alargaba la cosa y continuábamos la fiesta en su casa, mientras los mayores bebían y nosotros nos escondíamos en la habitación para hacer rompecabezas de muchísimas piezas. Cuando oíamos como todos se levantaban, nos metíamos en su cama y hacíamos ver que estábamos dormidos, porque así mis padres, por pena al despertarme, me dejaban ahí durmiendo.
-Entonces, cuando todo estaba en silencio
-Ella cogía la linterna de debajo de la cama y me dibujaba constelaciones en la espalda y en las palmas de mi mano. Me juraba que se iría a vivir allí, bien lejos de las habladurías de la gente de ciudad, bien lejos del oro del que pretendían cubrirla día a día. Me enseñaba su bola del mundo, aparentemente puesta en su escritorio con fines académicos, realmente para hacer volar su imaginación. Miles, millones de viajes sin programar que la llevaran a saber decir cielo en todos los idiomas hablados y por hablar.
-¿Ahora está?
-No. Cortaron sus sueños de raíz y con ello murió mi amor verdadero.
-Eso justifica
-Que esté ahora al otro lado del mundo, con un maestro de reiki sin pelo y con tanta verdad que puede leer en mi vientre todo lo que pasa por mi alma.
Una noche, mirando a las pegatinas de estrellas que brillaban en el techo de su habitación, con la bola del mundo al oeste y su pelo haciéndome perder el norte, me di cuenta de que las mejores vistas, sin duda, equidistan en la cama.