Desde que era un niño que sabía que era autosuficiente y que necesitaba espacio, mucho espacio, más espacio del que necesitaban los demás niños. Esquivaba los parques y rehuía las manos de padres y familiares. Nunca tuvo amigos.
Un día, por esas cosas que pasan, cogió su mochila y se largó.
Se fue lejos sin importar adónde y, lo más importante, sin mirar atrás.
Llegó más o menos sin querer al que sería su puerto de embarque sin retorno un año más tarde. Trabajó en los cafés del puerto, durmiendo en la playa, en el hostal o incluso en casa de los que eran sus jefes. No le importaba, básicamente porque nadie le hacía demasiadas preguntas.
Pero no era feliz.
No lo fue hasta que se hizo con su barco Valiente y se convirtió en su propio dueño, en un navegante solitario sin puerto. Vivía sin calendario y él era su reloj, sin segundos, alargando las horas. Dormía de día y viajaba de noche, se hizo amigo del viento y de su timón. Soñaba a menudo que era una gaviota y que volaba, y le encantaba esa sensación, sentirse libre.
Y puedes creerme cuando te digo que era feliz.
Puedes creerme porque él volvió para contarte que podía volar.
Puedes creerme cuando te digo que él era... es... soy...
créeme si quieres cuando te digo que te he echado mucho de menos.
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