divendres, 27 de juliol del 2012

I find it kind of funny, I find it kind of sad.

El departamento de vuelos en el que le había tocado embarcar era muy pequeño y se estaba aburriendo. Unos niños corrían arriba y abajo y se tiraban por un inoportuno tobogán gris metalizado sin parar de gritar. Algunos casi pasajeros dormían en los sofases verdes, otros paseaban por una de las tres únicas tiendas que habían, y Frank se aburría como una ostra.

Se tumbó con la cabeza colgando del sofá y de repente todo se volvió del revés. Los niños que corrían, aquellos que habían conseguido dormirse sin hacer contorsionismo como él, incluso los que tomaban algo en el bar. Y pensar que debía estar allí más de dos horas...

No se lo pensó y desenfundó su guitarra, su único equipaje, y sin cambiar mucho de posición empezó a tocar un Gary Jules que creía que el mundo estaba loco. Claro que notaba las miradas de los demás desesperados en su nuca, descontentos, pero le daba igual. A él siempre le había dado todo igual, quienes habían coincidido con él lo sabían, y no iba a cambiar ahora. Aún y así, nadie le decía nada. Ni tan solo los de seguridad.

El camarero del pequeño bar del departamento lo miraba, de lejos, desde detrás de la barra liderada por bocatas y bollería del día. Aparentemente, nadie se había inmutado de su fijación de mirada en la zurda del guitarrista, que corría por el mástil de esa guitarra amarillenta. En cuanto no tuvo clientes que atender se acercó a Frank con un cuenco de plástico que había contenido la ensalada que comía el armario rubio sentado en la barra. Lo dejó en el suelo, frente a Frank, y tiró una moneda dentro.

El sonido al chocar la moneda con el plástico del cuenco le desconcertó, pero aún y así no se sobresaltó, no cambió la trayectoria de sus manos acariciando la guitarra, no abrió los ojos. No hizo ademán de incorporarse. Lo único que hizo fue agachar levemente la cabeza en un gesto, se pudo entender, de agradecimiento, y siguió tocando como si nada.
Ya os lo digo, aparentemente como si nada. 


Ese simple chasquido había conseguido transportarle hasta Amsterdam apenas dos años atrás. Cuando todavía le importaba a alguien.

dijous, 26 de juliol del 2012

Hoy es el día.

Justo pasan las doce, pero Daniela se resiste a meterse en la cama.

Espera un cuento que no llega, una caricia que tampoco, y triste recuerda lo mal que se ha portado hoy a la hora de la siesta. Pero si por la tarde ya no he ido a la piscina, piensa. Pero Daniela no sabe que su castigo va más allá. Consigue dormirse después de mucho llorar y se levanta con los primeros rayos de sol que se cuelan por su ventana, con los ojos hinchados y enrojecidos. Molesta y silenciosa se pasea por la casa. Intenta adivinar la hora que es, pero la abuela le contó que en verano el sol sale muy temprano cada día, así que puede que sus papás estén durmiendo todavía y que vuelva a quedarse sin piscina si se atreve a despertarlos.

Daniela se sienta en el sofá procurando no hacer ruido. Se aguanta el hambre de león que acostumbra a tener por las mañanas, así como el pipí, y lo hace hasta límites insospechados. Aguanta mucho, hasta que se lo hace encima. Con un nudo en la garganta y mucho afán por hacerlo bien, limpia el suelo que ha manchado y tiende su ropita mojada sobre una silla del comedor. Alcanza también unas galletas del único armario accesible. Se las come en silencio y sin hacer migas, mamá estaría orgullosa si la viera, parece una niña mayor. Tiene ganas de despertarla y enseñarle lo bien que se ha portado. Pero no lo hace. Pasan las horas.

Daniela va al cuarto a dibujar. Pasan las horas y sigue procurando que no se le caiga ni un solo lápiz de colores en el suelo. Y lo consigue. Aburrida ya, cree que no puede aguantar más sola en la habitación y justo llaman a la puerta. ¡¿Qué hago?! Daniela sabe muy bien que no debe abrir la puerta a los desconocidos, pero papá y mamá duermen, y una señora la está llamando por su nombre al otro lado de la puerta. Pero Daniela sabe lo que tiene que hacer y espera sentadita y muy prudente frente a la puerta de la habitación de papá y mamá.

Daniela está nerviosa. No deja de oír su nombre tras la puerta. Le tiemblan los labios. Mamá, despierta por favor. Por sus mejillas juegan a las carreras lágrimas de pánico.

No sé da cuenta y ya está en brazos de la abuela, que llora desconsolada abrazándola demasiado fuerte. Tanto que le duele. Alguien comenta algo como ...pobre niña, con lo pequeña que es de fondo. Daniela no entiende qué está pasando, pero abre la puerta de la habitación de sus papás y ahí no hay nadie. Daniela pregunta en voz bajita a su abuela, que no puede responder ahogada en un mar de lágrimas. Daniela, cansada y nerviosa vuelve a preguntar, ahora a pleno pulmón, dónde están papá y mamá.

Y obtiene una única, concisa y brutal respuesta: papá y mamá ya no están, se han ido para no volver.

dilluns, 23 de juliol del 2012

PD: Dan, yo también escribo.

No necesito ninguna hechicera que me diga que eres mi futuro, porque hace ya algún tiempo que eres mi presente. Y, ¿qué quieres que te diga? Alguien me enseñó que lo más importante es vivir el presente, que nacemos con un pie dentro y otro fuera y la suerte es la que decide que quedemos un día más.

Pero si algo quería que me confirmase esa anciana, es que yo también soy tu futuro para ti: tiempo al tiempo, me ha dicho, y eso no es mala señal.

Escribo esto mientras me haces la cena, porque eres un dulzón y un romántico aunque ahora no lo sepas. Voy a tomarte una foto graciosa para enseñártela luego y que me pidas a gritos acabar con la tregua que habíamos acordado. Quiero que me cosas a cosquillas y, con suerte, acabemos bajo la ducha como en mi último sueño. Temo asustarte si doy el primer paso, pero tendrás que darte prisa o mis emociones alimentadas de tu cariño van a poder con mi aguante.

Y sí, me he acostumbrado a dormir contigo.

Te adora, Sara.

Post p.63, capítulo 35 "Silencios casi histéricos". De Sara a Dan.

INÉDITO.