dimecres, 18 d’abril del 2012

Quiéreme - Daniel Orviz (versión: Te quiero)

Te quiero.
Manifestándome de súbito
Chocando contigo como por arte de magia
en cualquier sala de música amena un viernes
Pidiéndote disculpas
e intentando romper el hielo casi ardiente
diciéndote una cosa atípica que consiga llamar tu atención
Casi obligándote a tomarte la penúltima
Escuchando tus teorías sobre el universo y el infinito
Y riéndome de tu convicción en tus palabras
Sorprendiéndome al valorarte como oferta de rebajas que sólo tienes en mano una vez en la vida
Y a partir de ahí, te quiero.
Te acompaño a tu triste y mágico habitáculo
Nos relajamos con la música que tu produces
De pronto, me abalanzo como bestia indomable
Nos mordemos, nos tocamos, nos gritamos
Permitiéndonos y aceptando todo como válido
Y sin parar hagámonos el amor
Hasta quedar sin voz,
hasta caer rendidos
Y al amanecer siguiente, te quiero.
Me uno a ti y generamos un caminar erráticamente perfecto
Descubriendo pastelerías golosas
Compartiendo películas
Celebrando aniversarios un año tras otro
Comprémonos una furgoneta
Viajemos, llenémosla de constelaciones por descubrir
y robémosle nueve horas periódicas a nuestras vidas
para hacer aquello que más nos gusta en el mundo.
Y mientras todo ocurre
Sólo quiéreme como te quiero a ti
Continuémos queriéndonos mientras pasan los años
Negándonos a ingresar en un hospital geriátrico
Inválidos pero libres
mirándonos sin más fuerza ni diálogo que el eco de nuestros corazones desbordantes.
Quiéreme para que pueda decirte cuando vea la sombra de mi urna insalubre:
"-Ojalá, ojalá como dijo aquel filósofo
el tiempo sea cíclico
y volvamos reencarnándonos en dos vidas diferentes-"
y cuando pueda en otro país con otro nombre de una noche de viernes como cualquier otra
tras chocarme contigo girándome te diga "Uy, perdóname!"
Hoy ruego a Dios que permita que recuerde en un futuro este deliroso cántico
y anticipándome pueda mirarte directo a los ojos
y conociéndolos muy bien
sabiendo qué vendrá en nuestras futuras esdrújulas
destrozando con tus ojos de un pisotón mi brújula.
Te diga sólo
Te quiero.

dimarts, 14 de febrer del 2012

Abrió el ordenador para quedarse frente a él, perpleja. Ese día no tenía nada que hacer. A lo mejor algún trabajo para el colegio, o quizás debía estudiar o leer un poco, todo irrelevante. Oía música, porque en realidad no la estaba escuchando, y surfeaba por la Red sin rumbo ni timón. 
La silla la engullía suavemente y el tiempo se clavaba en sus uñas y permanecían, así, los dos inmóviles. Torcía levemente la cabeza hacia su derecha hasta tocar su oreja con el hombro y volvía a enderezarse una y otra vez. Su espalda era un charco de sudor frío. Se le habían dormido los pies y el alma, y le dolían las rodillas de estar mal sentada. 
-Socorro, auxilio. - Su yo interior golpeaba sus costillas - ¿Hay alguien ahí?
La única respuesta obtenida fue un mechón cambiando de sitio por la ley de la gravedad. 


Automáticamente, como si de un robot se tratara, se levantó y salió decidida al balcón. No encendía las luces a su paso, algo la guiaba pasillo arriba, comedor, puertas del balcón. El frío de la calle y la brisa de la noche le recorrieron el cuerpo, le sentaron como dos manotadas a bocajarro y del impulso levantó ambos brazos. Cuando, supongo, creyó que estaba suficientemente helada entró de nuevo al comedor dejando la puerta abierta para que las cortinas pudieran bailar. Subió al sofá de un salto y empezó un curiosos recorrido. Con cada paso su yo interior se apaciguaba. Iba de una punta a otra del sofá, se subía a la mesa auxiliar y saltaba al sillón, siempre sin tocar el suelo. Hizo ejercicios propios de una clase de gimnasia encima de la mesa "toco el cielo, toco el suelo, toco el cielo, toco el suelo", repetía. 
Echó a correr y entró en la habitación vacía y oscura. Como si huyera de algo, cerró esa puerta y corrió de nuevo para encerrarse en el baño. Puso ambos pies en la bañera y se puso en remojo con agua fría, empapando el pijama y las zapatillas. Anduvo lentamente hacia la habitación de invitados escuchando como el agua inundaba el cuarto de baño. Sus huellas se dibujaban hasta encima de la cama. Subió de un salto y ya no pudo parar su inercia. Saltaba mientras se deshacía de su ropa empapada, tiritando.


Cuando llegué estaba desnuda sobre la lavadora encendida. Un vídeo en la televisión de la cocina se repetía una y otra vez, en cuanto terminaba volvía a empezar, como un ciclo vicioso. Era ella misma. Siendo ella misma. Realizándose y saltando sobre la cama, corriendo por el pasillo, tiritando en el balcón.


ERA MI CHICA.

dijous, 9 de febrer del 2012

♂ ♀


♀ En cuanto perdí sus ojos de vista, esa media sonrisa escondida, supe que lo último que debía hacer era seguir entumecida.

♂ El autobús había arrancado y yo me había quedado perplejo. Como un tonto en medio de la marea de gente que me empujaba aquí y allá pero no conseguía moverme de allí donde me había parado. Había intentado esbozar una sonrisa, que había conseguido aparecer tímidamente en la comisura de mis labios, pero se había ido pudriendo a base de segundos, de instantes. Se había podrido con el humo que dejó el autobús al arrancar. No tenía frío, ni calor. No pensaba en nada. Por un momento me sentí budista en el estado más elevado del éxtasis, del nirvana. Pero era un nirvana sucio y tenue que mucho distaba de la felicidad absoluta. 

♀ Tenía que bajar de ese autobús, fuera como fuese. Me levanté de un salto recuperando así mi cuerpo toda su vitalidad, la señora que tenía delante se asustó por mi efusividad. Sin darme cuenta había empezado a reírme, y lo hacía con ganas, como una niña pequeña que ha roto un jarrón y lo esconde bajo su cama para que los monstruos se corten. Le di al botón de STOP rojo más cercano que tenía y me dirigí a la puerta trasera para salir de ahí antes que nadie, rezando porque ese chico no se hubiera ido de la estación. 

♂ No terminaba de tocar con los pies en el suelo, había empezado a elevarme por encima de todas aquellas cabezas que corrían a mi alrededor, como en una danza mortal, y mi pecho estallaba de no respirar. Los párpados caían y los zapatos se habían desprendido de mis pies. 

♀ Empecé a correr recordando viejos tiempos, recordando aquellas carreras que había ganado en el colegio de pequeña, dosificando el aire de mis pulmones, sintiendo fuego en mis tobillos. De pronto me paré y vi algo que me sorprendió.

♂ De pronto me paré, toqué el suelo levemente, abrí los ojos. Y allí había alguien que me sorprendió. 

♀ Caminé hacia él. 

♂ Caminé hacia ella. Empecé a correr.

♀ Empezó a correr y se paró a tres susurros de mí. 

♂ Le pregunté ¿quién eres?

♀ Le dije que era a quién había estado esperando todo ese tiempo. Y no me hizo falta preguntarle quién era él. 



-Ese día había en la estación dos personitas flotando encima de todos los que estábamos allí. Bailábamos para ellos una danza mortal, una danza mortal de amor, de misterio, de pasión. Dos cuerpos, de los cuales salieron dos pequeñas almas, que se entrelazaron, que se volvieron una. Alma se fue correteando escaleras arriba, mientras los cuerpos caían inertes frente a nosotros. 
Él subió escaleras arriba. 
Ella esperó en la parada del autobús.
Quién sabe si volvieron a encontrarse jamás. 

diumenge, 22 de gener del 2012



Los días en los que iba a clase se sucedían de manera monótona y aburrida. Nunca pasaba nada interesante a mis ojos entre esas cuatro paredes. Los árboles iban cambiando al otro lado de la ventana donde me gustaba sentarme, los pájaros aparecían volando de aquí para allá en cuanto llegaba el buen tiempo. La rutina era siempre la misma: autobús clases patio clases ligero recreo clases autobús. Nada. Pero poco tardé en darme cuenta de que alguien como yo deambulaba por el mismo instituto. Él era un chico despistado, parecía un soñador despierto. No sabía a qué clase iba, ni cómo se llamaba, pero era reconocible entre cientos. Era de esas personas que pasan por tu lado y no puedes evitar volverte a mirarlas. Pero no era más que eso, parecía que mi interés no era recíproco porque nunca había visto su mirada buscando la mía. Al contrario, parecía esconderse y hacer caso omiso a mis miradas furtivas.

Supongo que estaba equivocada, como siempre. No recuerdo cual fue el primer día que coincidimos en el autobús, quizás el había estado allí siempre pero yo no me había dado cuenta. Llegaba a la parada al salir de clase, después de haber recogido todas mis cosas sin ninguna prisa, para verle allí sentado, en un banco a lo lejos, con los cascos de música puestos. Era curioso porque también los llevaba cuando me cruzaba con él en los pasillos, y escondía bajo su brazo izquierdo una libreta. 


Yo no quería romper mi costumbre de aguardar a primera fila a que llegara el autobús, así que esperaba paciente a que éste llegara y dejaba entrar a los demás chicos empujones hasta que sentía que él estaba cerca. Hacía ademán de dejarle pasar, entonces le miraba a sus ojos demasiado verdes para ver como él me cedía el paso a mí. Como siempre yo le respondía con la única sonrisa sincera del día y él parecía no haberla recibido.


Me sentaba en el que era mi sitio y la verdad es que no sé dónde se sentaba él, porque permanecía siempre por detrás. Yo quería tenerle delante y poder observarle, quería ver su zurda escribiendo en su libreta e intentar mirar de reojo para captar algo. Pero eso no sucedía. 
Jugaba con mis dedos en el cristal aunque éste estuviera helado, sólo para llamar su atención. No sabía si lo conseguía o no, pues no tenía el valor de darme la vuelta y buscar su mirada. Contaba con precisión los segundos que pasaban de una parada a otra, calculaba la gente que subía y la que bajaba, si él estaría sentado solo y habría hueco a su lado. Pero era inútil porque sabía que nunca iba a sentarme con él. Me alimentaba de su paseo en la parada de la estación, cuando desaparecía escaleras arriba y me dolía el cuello de seguir mirando hacia atrás cuando el autobús ya había arrancado. Él nunca se daba cuenta. 


Un día, de pronto, una energía magnetizó mis sentidos, y aparentemente los suyos también. Estaba observando sus pasos que poco a poco se perdían en la ebullición de la gente que siempre rodea la estación de trenes, cuando él se volvió. Me pilló mirándole y se paró. Se dio la vuelta para mostrarse ante mí e inconscientemente pude adivinar una sonrisa en ese rostro asombrado. 
Me puse de pie e intenté bajar del autobús, una fuerza me atraía hacia él, pero mis músculos se tensaron, no había Dios que pudiera hacerlos reaccionar. Mi rostro y mi posado permanecieron hieráticos y tuve que soportar un dolor agudo a medida que el autobús arrancaba y le dejaba a él estático en medio de tanta gente.





Yo intentaba salir de clase corriendo, poniéndome chaqueta y cascos para escuchar música en una carrera, sorteando estudiantes rezagados en los pasillos para llegar a tiempo a mi banco de observador, al banco perfecto donde imaginar su cuerpo bajo su grueso abrigo. Esperaba a que ella llegara y me fijaba en los pequeños detalles que componían su tierna melodía. Su falda y su pelo se movían al mismo compás, el viento marcaba el ritmo y mi corazón se estremecía cuando ella parecía darse la vuelta. Ella estaba, como siempre, apoyada en la marquesina de la parada del autobús. Cuando éste se acercaba yo me levantaba sigiloso de mi lugar de observación y deseo y la dejaba subir delante de mí, cediéndole el paso fingiendo no ver su sonrisa de agradecimiento. Esperaba a que ella se sentara en el que ya era su sitio para sentarme yo detrás y ver cómo hacía bailar sus dedos sobre el cristal frío por la baja temperatura del exterior. 
Nunca hablaba con ella. Me limitaba a concentrarme en sus movimientos sin que llegara a darse cuenta. Me escondía bajo mi posado de chico despistado y dejaba que la música ambientase los movimientos bruscos que realizaba el autobús. Jugaba a imaginar en qué estaba pensando ella, el tacto que tendría su cuello bajo sus millones de bufandas, qué dibujarían los lunares de su cuerpo. 
Pero estábamos a años luz. 
Yo no sabía en qué parada bajaba ella porque siempre permanecía sentada cuando yo me alejaba escaleras arriba por la estación, pasando frente a la churrería. Me ponía nervioso aun sabiendo que ella no se daba cuenta de que yo había bajado del autobús, aun sabiendo que ella no sabía quién era yo. 
Pero un día me di la vuelta y ahí estaba su rostro, mirándome tras el cristal con un posado misterioso mientras el bus arrancaba.