dimarts, 14 de febrer del 2012

Abrió el ordenador para quedarse frente a él, perpleja. Ese día no tenía nada que hacer. A lo mejor algún trabajo para el colegio, o quizás debía estudiar o leer un poco, todo irrelevante. Oía música, porque en realidad no la estaba escuchando, y surfeaba por la Red sin rumbo ni timón. 
La silla la engullía suavemente y el tiempo se clavaba en sus uñas y permanecían, así, los dos inmóviles. Torcía levemente la cabeza hacia su derecha hasta tocar su oreja con el hombro y volvía a enderezarse una y otra vez. Su espalda era un charco de sudor frío. Se le habían dormido los pies y el alma, y le dolían las rodillas de estar mal sentada. 
-Socorro, auxilio. - Su yo interior golpeaba sus costillas - ¿Hay alguien ahí?
La única respuesta obtenida fue un mechón cambiando de sitio por la ley de la gravedad. 


Automáticamente, como si de un robot se tratara, se levantó y salió decidida al balcón. No encendía las luces a su paso, algo la guiaba pasillo arriba, comedor, puertas del balcón. El frío de la calle y la brisa de la noche le recorrieron el cuerpo, le sentaron como dos manotadas a bocajarro y del impulso levantó ambos brazos. Cuando, supongo, creyó que estaba suficientemente helada entró de nuevo al comedor dejando la puerta abierta para que las cortinas pudieran bailar. Subió al sofá de un salto y empezó un curiosos recorrido. Con cada paso su yo interior se apaciguaba. Iba de una punta a otra del sofá, se subía a la mesa auxiliar y saltaba al sillón, siempre sin tocar el suelo. Hizo ejercicios propios de una clase de gimnasia encima de la mesa "toco el cielo, toco el suelo, toco el cielo, toco el suelo", repetía. 
Echó a correr y entró en la habitación vacía y oscura. Como si huyera de algo, cerró esa puerta y corrió de nuevo para encerrarse en el baño. Puso ambos pies en la bañera y se puso en remojo con agua fría, empapando el pijama y las zapatillas. Anduvo lentamente hacia la habitación de invitados escuchando como el agua inundaba el cuarto de baño. Sus huellas se dibujaban hasta encima de la cama. Subió de un salto y ya no pudo parar su inercia. Saltaba mientras se deshacía de su ropa empapada, tiritando.


Cuando llegué estaba desnuda sobre la lavadora encendida. Un vídeo en la televisión de la cocina se repetía una y otra vez, en cuanto terminaba volvía a empezar, como un ciclo vicioso. Era ella misma. Siendo ella misma. Realizándose y saltando sobre la cama, corriendo por el pasillo, tiritando en el balcón.


ERA MI CHICA.

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