diumenge, 22 de gener del 2012





Yo intentaba salir de clase corriendo, poniéndome chaqueta y cascos para escuchar música en una carrera, sorteando estudiantes rezagados en los pasillos para llegar a tiempo a mi banco de observador, al banco perfecto donde imaginar su cuerpo bajo su grueso abrigo. Esperaba a que ella llegara y me fijaba en los pequeños detalles que componían su tierna melodía. Su falda y su pelo se movían al mismo compás, el viento marcaba el ritmo y mi corazón se estremecía cuando ella parecía darse la vuelta. Ella estaba, como siempre, apoyada en la marquesina de la parada del autobús. Cuando éste se acercaba yo me levantaba sigiloso de mi lugar de observación y deseo y la dejaba subir delante de mí, cediéndole el paso fingiendo no ver su sonrisa de agradecimiento. Esperaba a que ella se sentara en el que ya era su sitio para sentarme yo detrás y ver cómo hacía bailar sus dedos sobre el cristal frío por la baja temperatura del exterior. 
Nunca hablaba con ella. Me limitaba a concentrarme en sus movimientos sin que llegara a darse cuenta. Me escondía bajo mi posado de chico despistado y dejaba que la música ambientase los movimientos bruscos que realizaba el autobús. Jugaba a imaginar en qué estaba pensando ella, el tacto que tendría su cuello bajo sus millones de bufandas, qué dibujarían los lunares de su cuerpo. 
Pero estábamos a años luz. 
Yo no sabía en qué parada bajaba ella porque siempre permanecía sentada cuando yo me alejaba escaleras arriba por la estación, pasando frente a la churrería. Me ponía nervioso aun sabiendo que ella no se daba cuenta de que yo había bajado del autobús, aun sabiendo que ella no sabía quién era yo. 
Pero un día me di la vuelta y ahí estaba su rostro, mirándome tras el cristal con un posado misterioso mientras el bus arrancaba.

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