dimarts, 9 d’abril del 2019

Meditación exprés

Érase una vez, en lo más alto de la colina más alejada de la ciudad, vivía una niña con su lémur.

Su morada era sencilla, pero contenía todo aquello que les daba felicidad y les ayudaba a sobrevivir. Contaban con un baño compartido con los demás animales libres de la colina, con un fueguito que prendían cuando querían comer caliente, con un desvío del riachuelo para tener agua fresca por doquier. Unas hamacas a medida colgaban de una rama a otra del único árbol que allí había, y en ellas se tumbaban dejándose mecer por la brisa de la que afortunadamente gozaban en esas las que consideraban sus alturas.

Todas las cosas que hacían eran sus favoritas; desde ir a buscar arándanos al valle para hacer mermelada, a trepar al árbol para ver mejor las estrellas en noche de luna menguante o incluso el hecho de refugiarse a leer en los días en que la lluvia decidía regar el pasto. Eran felizmente independientes, aunque les encantaba encontrar momentos para jugar juntos. Y es que quizás no lo sepas, pero los lémures reúnen lo mejor de la especie gatuna y la perruna en ellos mismos. Son independientes y limpios como los gatejos, pero sociables y empáticos como los perros. Además tienen la capacidad de multiplicar la energía de aquellos que los rodean. Aunque visto así eso podría tener su parte negativa, la energía de la niña de la colina era taaaan feliz y agradable que daba gusto que el pequeño lémur la multiplicara y expandiera por toda la zona.

Un buen día, antes de desayunar, tuvieron una brillante idea. En verdad la idea fue de ella, pero la quiso compartir con el lémur para ver qué le parecía:
- L, ¡vamos a meditar cada mañana durante un ciclo lunar!

No sé muy bien cómo fue que a las manos de la niña llegó un ejemplar sobre meditación de los mismísimos maestros tibetanos, y menos aún, como ella, menuda como era, fue capaz de entenderlo, interpretarlo y ponerlo en práctica. Pero lo hizo. Cada mañana, cuando el Sol empezaba a surcar el horizonte y los primeros destellos de luz hacían del árbol una sombra eterna, se sentaban con la espalda bien estirada y las manos descansando sobre sus rodillas, y observaban con dedicación y silencio aquello que blandía su mente.

¡Al principio su mente parecía loca de remate! No paraba de saltar y saltar de un pensamiento a otro como un mono en la selva a la búsqueda del mejor plátano. Pero poco a poco fue concentrándose en el ligero sonido que producía su respiración, en la sensación del aire moviendo sus cabellos, en el olor a pasto húmedo y en el sabor de sus propias encías. Y fue viendo, en la pantallita que descubrió justo delante de sus ojos a la altura de su entrecejo, colores y formas que después reproducía en dibujos en la tierra que rodeaba su casa.

El lémur, cansado ya de sentarse a su lado durante tan largo rato, la observaba desde la copa del único árbol mientras pasaban días, meses y años. Quien bien entiende la lengua de los lémures dice que esa niña, chica, mujer y anciana, enraizó en el punto más alto de la colina. Que de sus pies, sus piernas y su cóxis crecieron raíces que la conectaban al más profundo latir de la tierra, y que a cada ciclo lunar, una vértebra se transformaba en un anillo más de su nuevo tronco. Que los brazos se tornaron ramas largas y finas, y que en la copa frondosa que fue su cabello, anidaban los más bellos pájaros del mundo.

Nadie sabe a ciencia cierta qué dicen los lémures, pero después de una vida caminando para hallarlo, puedo asegurarte que en lo más alto de la colina más alejada de la ciudad, se encuentran no uno sino dos árboles cuyas sombras, con los destellos de la primera luz del día, se alargan y se entrelazan hasta el infinito.

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