dimarts, 11 d’octubre del 2016

Descubriendo a la musa

Miraba a su alrededor y allí no existía ningún lugar. No tenía reloj pero sabía que el tiempo no pasaba. Sea lo que fuere lo que la había llevado hasta ese rincón inóspito de quién sabe dónde, no tenía pinta de ser momentáneo. Los rugidos empezaron siendo casi imperceptibles para terminar siendo arrolladores, tanto, que no le permitían ni escuchar su propia voz. Aunque fuera en sueños, si se podía considerar despierta o dormida en algún momento en medio de toda esa nada. Los rugidos permanecieron nadie sabe cuánto y de pronto se fueron acallando, tal y como habían venido. Quizás fue pura costumbre, superación o ignorancia. Creo que no es relevante. Después empezaron las luces. Miles de cientos de diminutas lucecitas parpadeantes justo delante de sus ojos. Cerca. Lejos. Detrás de los ojos. La sensación de estar flotando había sido reemplazada por la total insensibilidad de todas las partes de su cuerpo. Sin verlo ni sentirlo ya no había manera alguna de saber si seguía ahí. Olores putrefactos seguidos de amables golpes de perfume de flores llenaron sus fosas nasales. Ambos eran tan intensos que no le permitían ni siquiera pensar.
Todo parecía planeado para evitar que pensara, viera, sintiera. Fuera. Y después de toda la nada, cuando el vacío fue tan intenso que se quedó vacío de sensaciones, olores, sabores y ruido, entonces y solo entonces, empezó a ser.

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