Salía de trabajar como siempre, a la misma hora, con el mismo uniforme grasiento y los ojos perdidos en el horizonte. Se arrastraba calle arriba hasta la parada del autobús. Dejaba que el conductor y los pasajeros ajetreados por sus rutinas le miraran mal y seguía con sus cosas en la cabeza. Es decir, con la mente en blanco.
Yo le veía cada día y le seguía con mi mirada. Me preguntaba cómo olería su cama y de qué color serían sus sábanas. Pero los demás tan sólo apreciaban lo que él dejaba ver: nada.
La gente de por sí tiende a no apreciar nada de nadie a primera vista. No aprecian ni quieren sostener la mirada a un señor panzudo con barba de más de tres días, que huele a sudor y que lleva el mono sucio de tanto trabajar. No saben apreciar esa mirada cansada que está pidiendo ayuda sin saberlo.
La gente en general no sabe hacer esas cosas.
Pero yo puedo hacerlo.
Me acerco a la ventana apartando a Milare con mi silla de ruedas, que el pobre está tan viejo como yo y no me oye llegar, cada día a la misma hora para contemplar al señor del taller. Y me pregunto si tendrá mujer o marido, si querrá tener hijos algún día, si su mirada expresa algo distinto en algún momento del día. Y cada día invento una historia bonita para él, y le tejo sueños fantásticos, y se los envío desde mi ventana, medio escondida entre las cortinas de mi pequeña mansión en el hospital psiquiátrico.
jajajaja like it.
ResponEliminaSort a la sele si et presentes, I will try it to. Kisses.