Las luciérnagas vendrán a buscarte cuando creas que te hayas perdido. El bosque no es tan grande si lo miras con mis ojos de gigante mimosín. Por las noches dibujaré sendas brillantes brillantes que te lleven un día hasta el río, otro día hasta los osos polares, y otro a conocerme. Tienes que venir a conocerme ya. No cabe en mí la emoción, y no sé si entiendes lo que eso significa. En el cuerpo de un gigante, que no quepa algo es muy muy grave. Y muy muy grande.
Recuerdo el día en que nos conocimos. Tú eras una pequeña monstruita que me escondía en su armario, y le decías a tus papás que me habías encontrado en un rincón de la escuela y que no podías resistirte a mis ojitos melosos. Ellos supongo que siguen creyendo que soy un muñeco, y quizás todavía piensen que vivo en tu armario. Lo que no saben es que yo te estoy esperando. Cada segundo. Cada minuto de mi espesa vida en libertad.
¡Quién supiera cómo era la vida fuera de tus faldas! Te digo muy en serio que, de haberlo sabido, no me hubiera marchado nunca nunca nunca de ahí.
Te echo de menos.
Bubú.
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