dijous, 2 de gener del 2014

De Patipoulain, que ni siquiera sé quién es.

Pues yo quiero vivir un poco así. En una furgoneta vieja y mal pintada pero con cortinas de terciopelo dentro. Porque aunque no lo parezca, hay que ser muy valiente para recorrer el mundo y la vida con un trasto así y decir: 

Mira mamá, mira papá, que yo no soy esto. Que los 21 años que habéis conocido de mí son toda una mentira. Y que no. Que yo lo que quiero es vivir el resto de mis días en una furgoneta con cortinas de terciopelo y dormir en países que ni siquiera sabía que existían. Y acostarme con gente de todos los continentes que me escriban MIEDO en su idioma en la espalda, y que cuando ya no me quepan más miedos, poder tacharlos o borrarlos o arañarlos, y que todo el miedo de todas las lenguas del mundo, se derrumbe para siempre.

Y ese día, ese maldito día, poder volver y decir a mamá y papá:

Lo he conseguido. He hecho de mi vida algo mío, lo único mío de verdad. 

Y entonces sí. Si me da la gana podré quemar las cortinas de terciopelo o la furgoneta o mi vida entera. Porque sólo se es dueño de lo que te pertenece, y con lo que te pertenece tienes que hacer lo que te de la gana.


[Patipoulain añadía una foto de una furgoneta con cortinas de terciopelo, pero como no encuentro ninguna que esté a la altura, os dejo campar a vuestras anchas con la imaginación.]

dimarts, 31 de desembre del 2013

Café.

Me escondo en mi día a día y mi rutina para auto-convencerme de que no tengo tiempo para leer. Tengo un montón de faena para estas "vacaciones", pero tengo demasiadas ganas de devorar un buen libro, como antaño. 

¡Y lo he encontrado, señores!

Como caído del cielo, y con él mis ganas imparables de volver a escribir. Muchas gracias, fino-hilo-rojo-ata-tobillos, lo has hecho bien una vez más.

diumenge, 29 de desembre del 2013

Como de la noche y las huellas se hace camino.

No sé de dónde soy, dónde voy, pero sí sé de dónde vengo. Miro atrás y veo mis pasos, mis huellas invisibles sin rumbo, cansadas de trotar por el mundo sin ningún compañero de viaje fiel. No es que siempre hayan estado solas, pero es que nunca se han sentido acompañadas del todo. Han compartido momentos con huellas procedentes de todos los rincones inhóspitos del planeta, huellas irregulares, bonitas, sencillas, calladas. ¡Quién pudiera ser huella y tejer un camino a su paso!

Creo que un proverbio japonés, CREO, dice que todos estamos atados por los tobillos con un fino hilo rojo. Éste nos une, nos conecta, y al fin y al cabo nos lleva donde nos tiene que llevar. Todos estamos conectados, unidos, atados, pero no debemos verlo como algo malo ni tampoco debemos huir o renegar de ello. Simplemente tenemos que dejarnos llevar, y creer que todas aquellas cosas malas y feas que nos pasan, que creemos que sólo podían pasarnos a nosotros, están repercutiendo a todos aquellos que están unidos a nuestros tobillos. Sólo tenemos que dejar de pensar en las consecuencias de nuestros actos para darnos cuenta de que pasará lo que tenga que pasar, porque el hilo así lo ha querido, porque tiene que ser así.

Darse cuenta de que todas las vueltas que le hemos dado a la cabeza han sido inútiles es un golpe... importante. Hay quién se sonroja, y se avergüenza por no haberse dado cuenta antes. Otros simplemente hacen cálculos y pierden el tiempo una vez más pensando en todo el tiempo que han estado perdiendo. Los terceros somos los que sonreímos. Pensamos que nos da igual qué vaya a pasar, con quién vayamos a tropezar. Porque está escrito, está maniobrado, atado, con cordones de fino hilo rojo, con cordones de seda, de quién sabe qué. No hay que preocuparse tanto. 

Pero seguiremos dándole vueltas y vueltas a la cabeza. Y no es nada malo, no nos vayamos a confundir, también está bien pensar en quién somos, de dónde somos, y a dónde vamos. Y comernos un poco el tarro para aprender de cada situación, para saber extraer lo bueno de cada experiencia. La esencia de la vida.

Yo seguiré mirando atrás para pensar en mis huellas, contentas de tenerse la una a la otra, y de darse cuenta que siempre, siempre, siempre, van a ser compañeras fieles de viaje.

dissabte, 18 de maig del 2013

En mi oscuridad.

Nunca un oso polar dio unos abrazos tan cálidos.

Tenía unas zarpas que envolvían mi suave y blanco cuerpo, formábamos uno con solo mirarnos. Me enseñó a bailar sobre el hielo sin caerme, a deslizarme con las palabras por todo su pelaje inmenso. Supe que nunca iba a encontrar un hocico como el suyo, un corazón milenario que reposase tan bellamente entre la nieve de mi pelo.

Su paisaje y mi equipaje se fundían en el horizonte. Él no tenía nada que perder. Yo no tenía nada.
Más de doscientas mil noches su pecho me sirvió de cojín y de manta a partes iguales. Me elevó hasta los cinco cielos, me invitó a ver millones de auroras boreales.

Un oso polar nacía y crecía dentro de mí. La única salvación quedaba resignada entre bajo vientre y laringe. Ni un orificio disponible para hacerlo salir, nada podía hacer yo para entrar. Vivir sabiendo que de quiénes intentas huir tienen que convivir con él no es fácil. La lucha entre esos malditos lobos y mi suave oso blanco y negro no me dejaba dormir. No me dejaba comer. No me dejaba dejar de comerme por dentro hasta quedar reducida a polvo que nadie quiere barrer. Una lucha interminable, insaciable sed de lobos con poderíos y recuerdos de quién fui una vez. De lo que hice una vez.
Solo una esperanza suave y tranquila, solo el despertar y el renacer. Huir ahí adentro y poner un poco de orden, mientras fuera la vida alcanza límites insospechados nunca por nadie, nunca por nada.