Nunca un oso polar dio unos abrazos tan cálidos.
Tenía unas zarpas que envolvían mi suave y blanco cuerpo, formábamos uno con solo mirarnos. Me enseñó a bailar sobre el hielo sin caerme, a deslizarme con las palabras por todo su pelaje inmenso. Supe que nunca iba a encontrar un hocico como el suyo, un corazón milenario que reposase tan bellamente entre la nieve de mi pelo.
Su paisaje y mi equipaje se fundían en el horizonte. Él no tenía nada que perder. Yo no tenía nada.
Más de doscientas mil noches su pecho me sirvió de cojín y de manta a partes iguales. Me elevó hasta los cinco cielos, me invitó a ver millones de auroras boreales.
Un oso polar nacía y crecía dentro de mí. La única salvación quedaba resignada entre bajo vientre y laringe. Ni un orificio disponible para hacerlo salir, nada podía hacer yo para entrar. Vivir sabiendo que de quiénes intentas huir tienen que convivir con él no es fácil. La lucha entre esos malditos lobos y mi suave oso blanco y negro no me dejaba dormir. No me dejaba comer. No me dejaba dejar de comerme por dentro hasta quedar reducida a polvo que nadie quiere barrer. Una lucha interminable, insaciable sed de lobos con poderíos y recuerdos de quién fui una vez. De lo que hice una vez.
Solo una esperanza suave y tranquila, solo el despertar y el renacer. Huir ahí adentro y poner un poco de orden, mientras fuera la vida alcanza límites insospechados nunca por nadie, nunca por nada.
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