dilluns, 14 de maig del 2012

Vísperas.

Mañana cumplo 18 años.

Algunos amigos llevan ya unos días llenándome la cabeza con que va a ser un día especial, que voy a sentirme bien, que será mi día. Pero yo de momento no estoy notando nada diferente.
Hoy he ido al instituto, como siempre. No he atendido en clase, como siempre. He soportado a las chicas pesadas en las clases de refuerzo, como siempre. He llegado a casa y, como siempre, he merendado algo.
Entonces me ha llamado mi chica. Estaba muy emocionada, como siempre, y me ha preguntado que cómo me había ido el día:
-Pues bien, nada especial. Un día cualquiera.
-Pero es el último día de tu vida con 17 años. ¡Debes hacer algo emocionante!
Aunque según ella, todos los días debía hacer algo emocionante, y se irrita si desperdicio el tiempo en el sofá o en el ordenador sin hacer nada.

Entonces he colgado el teléfono tras escuchar sus, como siempre, increíbles notas en los exámenes rutinarios. Y dejando la mente en blanco he pensado que a lo mejor tenía razón. Que quizás debo hacer algo emocionante, mañana seré oficialmente adulto, mayor de edad. Y aunque aparentemente no signifique mucho para mí porque los días seguirán llenos de 'como siempres', quizás sí que debo hacer algo para pensar en serio en la madurez. En todos estos años. Para pensar en serio en lo que quiera.
Salgo de mi habitación rumbo al jardín, le digo a mi madre que voy a dar una vuelta en bici y extrañada asiente con la cabeza. Saco la bici del garaje, saludo a nuestro guardián y me voy.

No llego muy lejos, pero nadie dijo que necesitara ir lejos. Primer camino a la izquierda, subo una cuesta que no se hace larga ni pesada y veo un local al fondo. Dejo la bici medio escondida y busco mi árbol. Quizás nunca hubiese reparado en aquel árbol, pero es perfectamente trepable y un sitio perfecto donde ver atardecer.

Y aquí estoy yo. Encima de un árbol, lejos de la ciudad y de toda la gente intrépida que algún día pueda conocer. Lejos de aquellos que me quieren mal y que ignoro. Lejos de las mezquindades que puedan existir en este nuestro mundo. Viendo atardecer, despidiendo mis 17 años como Dios manda. Y en este caso, yo soy Dios.

Y puedo decir que también, soy Libre.

dilluns, 7 de maig del 2012

Yo siempre tengo tus colores preferidos.

Bailábamos como si no hubiese mañana en esa noche sin luna. Bailábamos por toda la ciudad. Pintábamos las calles al compás de nuestros latidos, y nuestros sueños despiertos se colaban silenciosos por las ventanas ajenas.
Casi no había nadie en pie a esas horas y eso lo hacía todo aun más mágico. Cada farola era un árbol caído que un buen día ayudamos a poner en pie, cada banco un río de agua cristalina, cada fuente un puente y por encima de todo, nosotros.
No existió nunca nada en el mundo tan bonito como aquello que vivía aquellas noches de descontrol y de encuentros con el ritmo. Él me decía que no debía preocuparme, que no era un chico raro por andar con él a esas horas, por esas calles. Me dijo que me había elegido y que él siempre había estado dentro de mí. Me dijo:
-Co, yo siempre tengo tus colores preferidos.
Y me alcanzaba un micro despacio.

El espacio empequeñecía a mis pies, era el principito hecho rey.

diumenge, 6 de maig del 2012

Viure.

Se m'acumula la feina a ritmes desorbitants, hauria d'estar pensant en altres coses. I això és el pitjor de tot, que sé que no ho estic fent bé. Però què vols que et digui si jo sóc feliç així? Si jo sóc feliç fent feliç els meus amics i preparant una festa èpica. Que ja em són iguals els examens i la selectivitat, que l'únic que m'importa ara per ara es divertir-me, doncs l'estres tampoc ens aporta res de bo.

¡He dicho!

dimecres, 2 de maig del 2012

Desde que era un niño que sabía que era autosuficiente y que necesitaba espacio, mucho espacio, más espacio del que necesitaban los demás niños. Esquivaba los parques y rehuía las manos de padres y familiares. Nunca tuvo amigos.
Un día, por esas cosas que pasan, cogió su mochila y se largó. 
Se fue lejos sin importar adónde y, lo más importante, sin mirar atrás.


Llegó más o menos sin querer al que sería su puerto de embarque sin retorno un año más tarde. Trabajó en los cafés del puerto, durmiendo en la playa, en el hostal o incluso en casa de los que eran sus jefes. No le importaba, básicamente porque nadie le hacía demasiadas preguntas. 


Pero no era feliz. 


No lo fue hasta que se hizo con su barco Valiente y se convirtió en su propio dueño, en un navegante solitario sin puerto. Vivía sin calendario y él era su reloj, sin segundos, alargando las horas. Dormía de día y viajaba de noche, se hizo amigo del viento y de su timón. Soñaba a menudo que era una gaviota y que volaba, y le encantaba esa sensación, sentirse libre.


Y puedes creerme cuando te digo que era feliz. 
Puedes creerme porque él volvió para contarte que podía volar.
Puedes creerme cuando te digo que él era... es... soy... 


créeme si quieres cuando te digo que te he echado mucho de menos. 

dimarts, 1 de maig del 2012

Estúpidament feliç.

Aunque ya hace tiempo que comento en blogs de blogger no puedo evitar esa sonrisa tonta al tener que "demostrar que no soy un robot".


Parece estúpido, pero ESO es magia.


(Lo estúpido es haber rechazado ir a la biblioteca a estudiar y quedarme en casa aun sabiendo que acabaría en el ordenador. Grrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr... ¡Mierda de autocontrol!)