dissabte, 1 de febrer del 2014

Octubre.

Habían estado fingiendo durante toda la cena. Se miraban, sonreían, hablaban sobre qué rico estaba todo y sobre otros temas que no les interesaban para nada. A ninguno de los dos. Pero no importaba porque seguían sonriéndose, sabían qué pensaba el otro, y nada más. 

Terminaron la cena, ella invitó, y se fueron de la mano. La verdad es que estaba preciosa y parecía que se habían puesto de acuerdo para combinar el color de su falda y el de la camisa de él. Pero no sólo se habían puesto de acuerdo en eso. Salieron del restaurante y se abrazaron, cómplices ante las miradas de los transeúntes, mientras caminaban hacia un mismo destino. Les esperaba su vehículo viejo pero espacioso, y nada más entrar estuvieron de acuerdo en que hacía demasiado frío para estar en el octubre de una ciudad como esa. Conectaron la radio, demasiado alta, ahogando sus risas. Conectaron también la calefacción, y estudiaron la geografía de los alrededores buscando un lugar para parar el coche. Sin duda estaba todo más que planeado, la primera propuesta llegó deprisa y se fue modificando mientras avanzaban por aquellas calles sin apenas edificios, pero con demasiadas farolas para su gusto. Sonreían y cantaban a tiempos parecidos. Él vislumbró un parking de cemento, detrás de el cual había un pequeño descampado enfangado. Se adentraron en él por el único sitio que podían hacerlo, ya que a lado y lado del coche sólo había agua y barro. Cuando no pudieron seguir más adelante, él puso el freno de mano.

Un ínfimo segundo bastó para entenderse. Para encontrar sus labios, nerviosos por ese encuentro, juguetones e impacientes. Se besaban despacio pero con ganas. La luz de una de las farolas cercanas reflejaba la sombra de sus pestañas en la piel del otro, temblando. Ella le acariciaba el cuello, mientras sus lenguas jugaban al corre que te pillo, y el empezó a deslizar su mano por debajo del abrigo. Besos, caricias, un ritual que conocían a la perfección. Él jugó a desabrochar: abrigo, sujetador. Ella se dejaba hacer mientras intentaba soltar la presa del bajo-vientre contrario. Cada vez más cerca pero todavía separados por un abismo entre los dos asientos. Él tomó la iniciativa y pasó a la parte trasera, ayudándola a ella y recibiéndola en sus brazos. Demasiado cerca pero no lo suficiente, una barrera terrible de ropa todavía seguía entre ellos.

Él recorría su cuello mientras se dejaba desnudar, los zapatos quedaron olvidados en los asientos delanteros y los abrigos los espiaban sobre los reposa-cabezas. Se erizó su piel en cuanto empezó a acariciarle directamente, sin interrupciones, sin límites. Ella se acostó suavemente y el se incorporó a su lado, haciéndola temblar. 

(...)

Un estremecimiento de la luna los hizo vibrar, al mismo son, dentro de esa chapa rojiza. Acariciaban su piel desnuda y abrían por fin los ojos, esperando encontrarse en las pupilas del otro. El pelo de ella quedaba ahora mal recogido, y los dedos de los pies de él se abrían y cerraban suavemente. 

(...)

Llegaron tarde a casa, en el ascensor ella se peinó y él se arregló la camisa. Cuando abrieron la puerta se fueron cada uno a su habitación, pero no pudieron evitar despertar juntos al darse cuenta de que esa noche los padres de ambos no estaban en casa. 

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