A veces tan disperso y distante, otras tan cercano y familiar.
Su ser se dividía en secciones que se entrelazaban en una forma fractal, con pequeñas variaciones pero siguiendo la composición de las demás. Las partes formaban el todo, y el todo se podía ver reflejado en las partes. Parecía un puzzle que no terminaba nunca, con tantas piezas y de tantas formas distintas, pero que encajaban sin querer a cada pestañeo.
De lejos, una ciudad, grande, con sus barrios mediocres y sus barrios grandes y bonitos.
De lejos, una montaña sin punta alguna, como si un gigante le hubiera sacado la tapa a su cantimplora.
De lejos, sueños despedazados dormitando en morfina permanente.
De cerca, irregularidades naturales.
De cerca, sencillez mecánica, robótica.
De cerca, montones de nada que comprendían un todo.
Se refugiaba en la idea que todo aquello era una obligación, pero ni se imaginaba que los hilos del destino y que su propio ser interior creciente a pasos imparables le habían llevado hasta él en una terrible danza mortal. Pero daba igual, lo miraba con recelo pero con ansia. Deseaba más, siempre quería más. Su exigencia voraz pretendía hacer miles como él bajo diferentes formas, bajo diferentes nombres. Quería que fueran inseparables sin conocerse jamás, lograr lo que muchos logran día a día con semejante responsabilidad.
No sé si iban a creer que sus creaciones eran fruto de su marca propia, de su estilo que flotaba a su alrededor por dónde quiera que pasara. El aire se respiraba tenso, y los parpados temblaban al ritmo del corazón de sus pequeñas criaturitas.
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