dimecres, 3 d’octubre del 2012

Vísperas de escuela.

No queda nadie en clase. Mis compañeros han salido corriendo en sonar el timbre que nos daba libertad para ir al patio y la maestra me ha dado dos minutos para salir mientras se iba dispuesta a tomarse su café de media mañana. Siempre salgo la última y siempre me dan dos minutos, pero pasados esos minutos no aparece nadie que me obligue de alguna manera a salir al patio o a ir a la biblioteca. Así que como rito habitual ando silenciosa hasta el fondo de la clase y cuento las baldosas del suelo empezando por la pared de la derecha: una, dos, tres, cuatro, cinco, seis y siete. Mi corazón se detiene una milésima, recordándome la tensión del primer día al sacar esa baldosa, pensando que quizás alguien podría descubrirme. No vuelvo a la realidad hasta pasados unos segundos, convenciéndome a mí misma de que no va a venir nadie. Ya serena retiro la baldosa del suelo. Allí me espera, como siempre a esa hora, Maximílian, mi mascota.

Maximílian y yo nos conocimos en el patio un día que me tocaba educación física. La verdad es que a mí me gustaba la educación física, pero en cuanto me pusieron gafas y mis compañeros se dedicaron a hacer diana en ellas, dejó de gustarme al acto. Desde entonces buscaba esconderme del profesor, del cual casi siempre conseguía pasar desapercibida, y me sentaba en un rinconcito del patio. Allí simplemente no hacía nada, permanecía sentada y callada, aunque a veces tarareaba alguna canción de las que me canta mi mamá para ir a dormir, pero poca cosa más. No sé decirte si me aburría o no, estaba bien ver a los chicos de mi clase persiguiendo a las demás niñas con la pelota de fútbol llena de barro. Ellas hacían unos grititos muy graciosos y se limpiaban el pelo en la fuente de agua. Después llegábamos todos a clase y dejábamos el suelo perdido de barro seco bajo las mesas. El caso es que un día de esos algo me cosquilleaba la parte baja de la espalda, un poco por encima del pantalón y un poco por debajo de la camiseta. Creí que simplemente me picaba así que fui a rascarme y algo me mordió el dedo. Asustada y, por qué no, curiosa, me di la vuelta y me encontré un ratón chiquitito de color rosado, casi sin pelo. Pensé (yo soy mucho de pensar) que debía de haber nacido no hacía mucho, y que se había colado entre mi espalda y la pared para buscar cobijo.

No podía dejarlo allí, supongo que me comprendes. Así que me lo llevé a clase y lo tuve en el bolsillo de la bata toda la hora siguiente, hasta que llegó la hora del recreo y todos se fueron al patio. "-Dos minutos." Me dijo mi maestra, pero yo necesitaba algo más que eso para esconder a Maximílian. Paseando por la clase tropecé con la séptima baldosa empezando a contar desde la pared de la derecha, y con un poco de maña conseguí quitarla. Durante los días siguientes fui escarbando con lápices de colores el suelo de la clase, hasta tener la mansión lista para mi nuevo amigo.

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