El departamento de vuelos en el que le había tocado embarcar era muy pequeño y se estaba aburriendo. Unos niños corrían arriba y abajo y se tiraban por un inoportuno tobogán gris metalizado sin parar de gritar. Algunos casi pasajeros dormían en los sofases verdes, otros paseaban por una de las tres únicas tiendas que habían, y Frank se aburría como una ostra.
Se tumbó con la cabeza colgando del sofá y de repente todo se volvió del revés. Los niños que corrían, aquellos que habían conseguido dormirse sin hacer contorsionismo como él, incluso los que tomaban algo en el bar. Y pensar que debía estar allí más de dos horas...
No se lo pensó y desenfundó su guitarra, su único equipaje, y sin cambiar mucho de posición empezó a tocar un Gary Jules que creía que el mundo estaba loco. Claro que notaba las miradas de los demás desesperados en su nuca, descontentos, pero le daba igual. A él siempre le había dado todo igual, quienes habían coincidido con él lo sabían, y no iba a cambiar ahora. Aún y así, nadie le decía nada. Ni tan solo los de seguridad.
El camarero del pequeño bar del departamento lo miraba, de lejos, desde detrás de la barra liderada por bocatas y bollería del día. Aparentemente, nadie se había inmutado de su fijación de mirada en la zurda del guitarrista, que corría por el mástil de esa guitarra amarillenta. En cuanto no tuvo clientes que atender se acercó a Frank con un cuenco de plástico que había contenido la ensalada que comía el armario rubio sentado en la barra. Lo dejó en el suelo, frente a Frank, y tiró una moneda dentro.
El sonido al chocar la moneda con el plástico del cuenco le desconcertó, pero aún y así no se sobresaltó, no cambió la trayectoria de sus manos acariciando la guitarra, no abrió los ojos. No hizo ademán de incorporarse. Lo único que hizo fue agachar levemente la cabeza en un gesto, se pudo entender, de agradecimiento, y siguió tocando como si nada.
Ya os lo digo, aparentemente como si nada.
Ese simple chasquido había conseguido transportarle hasta Amsterdam apenas dos años atrás. Cuando todavía le importaba a alguien.
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