dimecres, 2 d’abril del 2014

Creencias.

La reverberación del sonido le retornaba revolviéndole las tripas. No podía evitar gritarse de esa forma cuando no encontraba la salida. Creía saber que ahí pasaba algo extraño. Pero, ei, creía. El éxtasis del mundo lejano se convertía en murmullo y le llegaba en forma de sollozo. ¿Qué podía hacer ante aquello su olvido demediado? Para su mayor asombro, se había quedado sin recuerdos. Ni los buenos, que se dedicaba a olvidar el olvido malo; ni los malos, a los que el olvido bueno había hecho lo que debía con gran esmero.

Ante eso, ¿qué hacer? Soportar la santa reverberación, el eco eterno de las palabras que nunca diría. Ante eso, ¿qué hacer? Susurrar las poesías que no entonaría. Coger sus no cosas, e irse lejos. Comenzar una nueva etapa y suprimir el inventario emocional que creía tener. Pero, ei, creía. Iba a hacer de su cuerpo su templo. Inquebrantable, impenetrable. Retozaría con personas de todos los continentes para pedirles que le escribieran "miedo" en la espalda, en todos los idiomas del mundo. Cuando no cupieran más "miedos", sería libre de decidir qué hacer con ellos, si arañarlos, morderlos, tacharlos, arrancarlos. Creía que así podría eliminar cualquier miedo de la faz de su Tierra. Pero, ei. Aunque qué haría no le preocupaba en ese momento. 

Se desnudaría ante el viento al ritmo de sus no latidos, creyendo ver su interior. Se hablaría en el lenguaje de los animales salvajes, haría el nido en la copa de un árbol. Y todo eso sin salir de la habitación de hotel, que en nada se asemejaba a la podredumbre de sus visiones.

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