dimecres, 10 d’abril del 2013

Llamarle Luz porque es su nombre.

Si tenía ganas de escribir era porque le pasaba algo.
Si lo hacía en catalán ese algo le preocupaba. Demasiado.

Luz había vivido en la oscuridad durante mucho tiempo y su propia naturaleza estaba empezando a degenerar. Sus sonrisas se volvieron muecas. Sus abrazos, simples movimientos sin sentido ni calor, sin ningún tipo de sentimiento. Absolutamente todos los que estaban a su alrededor lo sabían, y ni siquiera preguntaban nada. Un simple camarero le sirvió su "última copa" e hizo también función de pañuelo de lágrimas, sin haber lágrima ninguna.

Esa noche se lo llevó a casa. Lo desnudó como no había desnudado a nadie. Con sus uñas, con sus dientes. Pero no con su alma. Él se sentía apabullado, pero intuía que no debía (aunque tampoco quería) pararla. Le susurraba al oído palabras inaudibles que a él le erizaban la piel. Sin darse cuenta le estaba llamando por un nombre que quizás nunca debiera recordar. 
Y sin querer queriéndolo y después de arrancar de esa camisa negra de camarero todos sus botones, se abalanzó como una loca sobre él. Como una loca pero sin el "como". 

Luz no necesitaba ningún informe médico, psicológico o psiquiátrico para saber que estaba loca.

Mientras él se fumaba un cigarrillo, Luz se sentó desnuda en una esquina de la habitación, tomó su cuaderno, y tras hacerle un par de fotos al espectáculo se puso a escribir. En catalán.

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